martes, 2 de febrero de 2010

Muerte por medios

Una vez un amigo dijo algo que se salvo de ahogarse en las extensas lagunas de mi memoria:

“La neta, la neta, lo peor que te puede pasar es morirte en día de muertos o nacer en Navidad”

Me lo quede por su proximidad a mi experiencia, ya que mi abuelo había muerto un 2 de noviembre luego de que su hermano muriera el 25 de diciembre. Coincidencias extrañas de los hermanos extraños, supongo yo. Luego de algunos años, ya no sabes si la persona vino antes de la fecha o viceversa; el evento y el sujeto compitiendo por mantener relevancia en tu cabeza. Constructos de memoria que se bautizan realidad.

Con apenas un mes dentro del 2010, sujetos y eventos nos llueven de los encabezados de los noticiosos de la nación; mostrándonos su realidad, los mejores y peores ejemplos del periodismo condensados y listos para ser servidos a un público hambriento de información (misma información que los medios consideran relevante). Levanta las preguntas ¿Cuál realidad es la que vale más? ¿Las desgarradoras historias de los sobrevivientes de uno de los peores desastres que ha visto esta generación? ¿La lucha interna de una nación tolerante pero excluyente? ¿El eterno debate de que si una figura publica también es un ser humano? ¿Quién tiene el monopolio de la verdad? ¿Acaso existe algo así?

¿Y qué hay de aquellos que esta semana no lograron pasar el proceso de selección? ¿Quiere decir que ya dejaron existir? Quién sabe, pero es bueno recordar el mantra de esta época, “ser visto, es lo mismo que ser.”

Entre todo esto, el 27 de enero murió J.D. Salinger, autor de varios relatos y famoso por su obra magna “El guardián en el centeno,” una vaporosa carta de amor dedicada a la adolescencia. Poco es lo que se conoce de la vida de Salinger, aparte de algunos datos familiares y uno que otro dato curioso sobre él. Cosas como su vida militar, su acercamiento al Budismo Zen, la admiración mutua con Hemingway; pero sobre todo, su relación con los medios. Luego de publicar al Guardian, Salinger se alejó de los medios, hasta llegar a un punto donde la opinión pública se preguntaba si realmente existía el mítico escritor.

Al final, su muerte física solo fue una extensión de su muerte mediática, un hombre que definió una generación con su trabajo, su deceso reducido a no más que una minuta en la sección de “cultura” de la mayoría de los medios. Como decía mi amigo:

“no hay nada peor que morirse en día de muertos”

Rodrigo Fajardo

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